Septiembre suele estar asociado con nuevos comienzos. Regresamos a clases, retomamos rutinas, hacemos planes para los últimos meses del año y, para muchas personas, aparece la sensación de que es momento de “volver a empezar”. En la tradición judía, además, septiembre marca la llegada de Rosh Hashaná, el comienzo de un nuevo año. Es un momento que invita a mirar hacia adelante, pero también hacia atrás: reconocer lo que vivimos, nuestras decisiones y aquello que queremos hacer diferente en el ciclo que comienza.
Sin embargo, cuando hablamos de nuevos ciclos, solemos enfocarnos en la parte positiva del cambio: las oportunidades, las metas y todo aquello que queremos conseguir. Mucho menos hablamos de algo igualmente importante: los cambios también pueden generar malestar, incluso cuando son cambios que nosotros mismos elegimos.
Esto ocurre porque cambiar no significa únicamente modificar nuestras circunstancias. También implica salir de aquello que conocemos y que nos daba cierta estructura, estabilidad y sensación de control. Nuestro cerebro tiende a buscar lo conocido porque nos permite anticipar lo que viene. Por eso, comenzar un nuevo trabajo puede emocionarnos y, al mismo tiempo, producir ansiedad; mudarnos a un lugar que deseábamos puede generar ilusión y nostalgia; terminar una relación puede ser lo mejor para nosotros y, sin embargo, estar acompañado de tristeza.
Sentir esta mezcla de emociones no significa necesariamente que nos hayamos equivocado. Muchas veces significa que estamos atravesando un proceso de adaptación. Los cambios no solamente traen algo nuevo; también implican dejar algo atrás: una rutina, una relación, un lugar, una expectativa o incluso una versión de nosotros mismos. Podemos estar felices por lo que viene y extrañar lo que dejamos, sentirnos seguros de una decisión y tener miedo de sus consecuencias.
Adaptarnos a una nueva realidad no ocurre de un momento a otro. Necesitamos tiempo para procesar lo que dejamos atrás, entender lo que estamos viviendo y recuperar cierta sensación de estabilidad. Y esa adaptación no siempre implica hacer grandes cambios. A veces significa aprender a poner un límite, pedir ayuda, modificar una rutina, dejar de cumplir una expectativa que no nos pertenece o permitirnos hacer las cosas de una manera distinta. Muchos de estos cambios pueden ser invisibles para los demás, pero tener un impacto profundo en nuestra vida.
Desde esta perspectiva, un nuevo ciclo puede ser una oportunidad para mirar lo que viene desde un lugar menos exigente. No tenemos que llegar a él con todo resuelto ni sentirnos completamente seguros. Podemos comenzar con dudas, aprendizajes pendientes y emociones mezcladas
Quizá por eso, los nuevos comienzos también pueden ser momentos de reflexión: reconocer qué aprendimos del ciclo anterior, qué queremos conservar, qué necesitamos modificar y qué ya no queremos seguir repitiendo.
Un nuevo ciclo no significa empezar desde cero. Significa continuar desde un lugar diferente, llevando con nosotros lo que hemos aprendido

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